De Interés: aprender en tiempos de redes (María Elena Araujo Torres)

De Interés: aprender en tiempos de redes (María Elena Araujo Torres)

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En un artículo de prensa publicado por el Banco Mundial tratan el tema de la crisis del aprendizaje en el ámbito mundial. Señala textualmente: “Si bien los países aumentaron considerablemente el acceso a la educación, estar en la escuela no es lo mismo que aprender¨. Escalofriante premisa si tomamos en cuenta la aspiración de padres cuando inician a sus hijos para recibir formación académica con el propósito de aprender y formarse para tener herramientas que le permitan desempeñarse en profesiones u oficios que servirán para el trabajo en la adultez.
Una vez más la mirada se dirige a la formación de maestros, profesores, pedagogos. Es precisamente en esa dirección que usualmente se sopesa el resultado a esperar. Ya sabemos que son quienes -la mayor parte de la semana- se reúnen por unas seis horas diarias con los menores, en recintos cerrados, aulas, para facilitarles las herramientas del aprendizaje académico. Son quienes en primer término deberían contar con los conocimientos teóricos y prácticos acerca de la materia que imparten. Pero qué ocurre si adolecen de esta preparación para enseñar.
Aunque investigaciones realizadas por el banco Mundial señalan: ¨Cada vez queda más demostrado que la crisis del aprendizaje es, en esencia, una crisis de la enseñanza…muchos sistemas educativos prestan poca atención a qué saben los maestros, qué hacen en el aula y, en algunos casos, si incluso están presentes¨; también reconocen que, ¨Por suerte para muchos estudiantes, en todos los países hay maestros dedicados y entusiastas que, a pesar de todos los desafíos, enriquecen y transforman sus vidas. Son héroes que enfrentan los obstáculos y hacen posible el aprendizaje con pasión, creatividad y determinación¨.
Actualizarse y mantenerse al día con los avances tecnológicos es básico a la hora de querer enseñar. Dicen que ¨obras son amores¨, pero si queremos que los menores reciban herramientas adecuadas para estos tiempos, a su vez debemos exigirnos, prepararnos en ese sentido o, si así lo decidimos, que quienes sean tutores académicos estén a la par del nuevo y acelerado entramado comunicacional, porque los menores de hoy están transitando de los lápices a los equipos tecnológicos con sus múltiples redes, y, están dejando (con sus habilidades para manejarlas) en pañales a los adultos más versátiles en formación académica tradicional.
Y esa es la cuestión. Reciben permanentemente el bombardeo de las llamadas redes sociales que -sin guías específicos- forman parte de sus vidas desde antes de aprender a hablar, a través de los teléfonos principalmente. En principio inocentemente para distraerlos, pero que pueden y se convierten en el centro de sus vidas si no se les canaliza desde la educación familiar y académica.
La distorsión permanente de los mensajes recibidos puede enmarañar de tal manera el cerebro de los niños y adolescentes (hasta de adultos) que tiran por la borda cualquier esfuerzo que se realice para fortalecerles los valores, indispensables para convivir familiar y socialmente. Pueden prevalecer más los mensajes distorsionados recibidos por redes a su alcance sin control, escritos y/o diseñados por particulares anónimos (desconocidos). La vieja costumbre de enseñarle a los niños ¨no hables con desconocidos¨ habría que olvidarla entonces, porque ahora no sólo pueden hablar con desconocidos sino ver y escuchar sus mensajes. Y no algunos desconocidos, muchos desconocidos.
Volvemos entonces al tema que nos ocupa: la educación. Prepararnos para educar desde el hogar en tiempos de ¨redes¨, entendiendo que si desde la escuela existieran fallas educativas equiparadas a las nuevas realidades, de alguna manera reforzar permanentemente desde la familia. Si se puede. Actualizándonos en materia tecnológica; disposición a brindar apoyo a los niños y jóvenes en las tareas, aunque estemos cansados; con el ejemplo permanente (evitar hacer lo que debemos fomentar en sus valores); y, lo más importante, hacerlo con amor.
María Elena Araujo Torres

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