Desde los ojos de Lucia: La devoción de una familia que se convirtió a una fuerte comunidad

Desde los ojos de Lucía: La devoción de una familia que se convirtió en una fuerte comunidad

Ilustración: Argelia Núñez

Cada víspera del 13 de diciembre la comunidad luciteña o Lucitana , como muchos los llaman, se congregan en las puertas de la iglesia de Santa Lucía a la espera  para la velada del día de la santa mártir.

Caminando por las calles del Empedrao, la brisa fresca acaricia el rostro de los zulianos que entre gaitas y farfullo dibujan la mera esencia del maracucho de pura sepa.  En plena luz del día, los niños salen a retozar y las celosas ancianas se sientan en lo portales a disfrutar del paisaje.

La historia de Lucía, una linda chica que se sacrificó por la fe cristiana, trastoca en cada rincón de la parroquia Santa Lucía, sus calles abovedadas, casa coloridas de antaño y aceras de piedra conservada, te trasportan a la meca del gentilicio zuliano.

En la cuna de la gaita nunca falta la dicharachera melodía, que acompañada del paisaje altiplano se entremezcla con la modernidad de la Ciudad del Sol Amada.

Marlene Nava, quien es oriunda de la barriada empedraera, cultora e historiadora, comenta que lo más hermoso de este día de celebración es la vuelta al terruño, un fenómeno que se evidencia todos los 13 de diciembre, cuando las familias que se han ido de la localidad, regresan a visitar a Santa Lucía.

El protocolo eclesiástico se propaga de generación en generación y dos días resultan insuficientes para venerar a la Santa Virgen. Nava asegura que no hay un fecha precisa de la devoción a Santa Lucía, pero que en los registros históricos,  se apuntaron planos de los años 1600, donde aparece la Bahía de Santa Lucía, de dónde podría haberse originado el nombre del caserío.

 

 

Santa Lucía no es solo una imagen de la santa mártir, es un sentimiento de congregación y unidad. La historiadora cuenta que la devoción  a la virgen comenzó en la Catedral, por una familia del Empedrao que la veneraba, sin embargo, por cuestiones de distancia y condiciones climáticas, no podían visitarla todo el tiempo, así que decidieron construir una ermita pequeña de una sola torre, a donde trasladaron la imagen, que actualmente es el templo de Santa Lucía.

La ermita se convirtió en parroquia civil y con el tiempo, se consagró como parroquia eclesiástica. La curiosidad de la historia radica en cómo la devoción de una  sola familia inundó a una comunidad entera.

Marlene comenta que la vida luciteña gira en torno al templo de Santa Lucía y a la inmensa religiosidad que se vive en la barriada. “La comunidad fue quien construyó la iglesia, no solo económicamente, sino que hacían turnos para trabajar en la construcción. Conocí a muchos albañiles que colocaron los ladrillos para armarla”.

Los arcos, columnas y agujas de las torres que  se observan en la edificación, reflejan el estilo Neogótico de la primera iglesia con ese diseño para aquella época.

“Los niveles de religiosidad son casi inexplicables, sabemos que hay un alto nivel de delincuencia pero paralelamente hay un altísimo nivel de religiosidad y fe”, expresa Nava confundida por la diatriba cotidiana.

En conjunto con la feligresía luciteña, conviven ocho “cultos privados”, Nava explica que son familias que asumen la liturgia por devoción a un santo, Santa Rita, San Antonio, San Benito, La Santísima Trinidad, El Divino Niño y La Cofradía del Corazón de Jesús, son algunos de ellos. “Es una comunidad con una alta religiosidad, la iglesia es el hito urbano de esta zona, es la que le da la vida a la comunidad”, añadió Nava.

Desde los ojos de Lucía se observan colores, unión, tradición, fe y esperanza de un gentilicio que se apropió de la devoción de una familia y se convirtió en la fe de toda una comunidad.

Any Vargas

Fotos: David Moreno

Noticia al Día

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