Tercer mes despidiendo a Eduardo Semprún

Tercer mes despidiendo a Eduardo Semprún

Tercer mes despidiendo a Eduardo Semprún

Eduardo Semprún con sus hijas: Verónica y Andreina, acompañados por su pequeña nieta

Cuando escribo estas notas muy personales en tributo al amigo inolvidable, Eduardo Semprún, siempre tengo la sensación de tenerlo mirando lo que escribo por encima del hombro.

Evito, en lo posible, caer en el viejo y muy común recurso de conversarle, de hablarle al muerto porque este mensaje es para ustedes. Si algo debo conversar con alguien fallecido será algo íntimo, muy del difunto y yo.

Eduardo Semprún cumple hoy 3 meses que se murió. Aquí entran todos los eufemismos trillados: voló alto, cambió de plano, de paisaje, se fue al cielo, en fin. Cada quien manda el alma, el espíritu de quien se muere donde su imaginario religioso-afectivo le motive. La idea de este escrito es recordarle.

Eduardo Semprún vivió excesivamente. Era feliz en exceso. Reía en exceso. Nada con él tenía medidas chiquitas. Era un celebrador de lo bueno, de la estética, del arte, de la genealidad en cualquier área del conocimiento, pero, sobretodo en el periodismo, la literatura y el cine. Fue amante de las corridas de toros por Ernest, en los tiempos de ecologistas ablandó y una vez me dijo “la fiesta brava va a venir quedando para la clandestinidad”. Como hombre inteligente, Eduardo escuchaba las razones de los chicos de hoy y, poco a poco, fue dejando esa pasión por la muleta y el capote.

Como me propongo traerle a la memoria en este su primer tercer mes de eternidad y, obligarles a ustedes lectores tenerle en el pensamiento, les contaré que un noviembre como este se nos dio por caerle sin avisar al amigo en común, Alberto Morán.

La jornada de farra sería larga. El encuentro de El gordo Semprún y El gordo Morán era atronador. Así, entonces, en un abrir cerrar de ojos había chuletas, cortes de tibón en el asador, sobre la mesa “una patica de elefante” y tres frascos Golden Glend, un aparato con gaitas gaitas, no eso que cantan y componen ahora.

Como a las 9 am sonó “ Aquel zuliano” de Renato Aguirre. La cantamos poniéndonos rojos los cachetes en esa partecita “ y en la aurora resplandece”. Por esas cosas del beber, del vivir a plenitud, dije “repetila”, raudos la volvimos a poner y cantar. “Vai repetila”, dijo Eduardo, sucesivamente, alternamos “repetila” de manera que nos cayó la tarde escuchando y cantando como la primera vez “Aquel zuliano” porque hemos sido hombres de excesos, excesivamente felices, golosos para disfrutar y reír. Tal vez por eso llevo tres meses despidiendo a Eduardo Semprún el amigo que ya no está y que recuerdo en la risa con tanto dolor.

 

Josué Carrillo

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