Hoy se cumplen 96 años del primer tratamiento con insulina

El 11 de enero de 1922, hace 95 años, el adolescente canadiense Leonard Thompson se convirtió en la primera persona del mundo en recibir tratamiento para la diabetes con insulina inyectable, pocos meses después de que la hormona fuera aislada por primera vez.

Hasta entonces, recibir un diagnóstico de diabetes equivalía para el paciente a una muerte segura, generalmente en el término de pocos días o semanas.

El adolescente recibió una primera inyección que le causó una reacción alérgica, al parecer debido a una impureza en la hormona. Luego de un nuevo proceso de refinamiento, doce días después una segunda dosis comenzó a permitir su recuperación.

Poco después de Leonard, en agosto de 1922, la niña estadounidense Elizabeth Hughes, hija del entonces gobernador de Nueva York, fue la segunda en recibir insulina para tratar su diabetes, que se le había diagnosticado a los 11 años. Elizabeth había sido tratada en una clínica de Nueva Jersey con una dieta estricta de apenas 400 calorías diarias, que la llevó a pesar menos de 21 kilos hasta que empezó el innovador tratamiento.

Ambos fueron los pioneros de un tratamiento que salvaría millones de vidas en todo el mundo, y que les permitió a Leonard vivir hasta los 27 años, y a Elizabeth hasta los 73 años, cuando falleció en 1981 víctima de una neumonía. La insulina es una hormona producida por el páncreas, cuya función fundamental es regular el nivel de glucosa en sangre. Si su cantidad o función en el organismo es alterada, o bien si la hormona falta por completo, la consecuencia es la diabetes, una enfermedad crónica caracterizada por la presencia de elevados niveles de glucosa en la circulación sanguínea (hiperglucemia).

Una enfermedad incurable hasta 1921, cuando dos médicos canadienses -Fredrick Banting y Charles Best- consiguieron por primera vez aislar y producir insulina extrayéndola del páncreas del cerdo y otros animales.

Un año después fue utilizada por primera vez para tratar la diabetes en el ser humano. El revolucionario hallazgo le valió a Banting, en 1923, el premio Nobel de Medicina.

Agencias