¿Cuándo es un delito relaciones entre niños y adultos?

Aquella tarde, la niña de 11 años, siguió a un hombre, que ya se había acercado a ella en dos ocasiones en días anteriores, diciéndole que él “podría enseñarle a besar, y otras cosas”. Fueron a su edificio, donde ella le practicó sexo oral en el pasillo. Luego lo siguió hasta su departamento y tuvieron relaciones sexuales. Posteriormente, le dijo que no hablara con nadie al respecto, la besó en la frente y le pidió que se vieran de nuevo.

En su camino de regreso a casa, la niña llamó a su madre en estado de pánico para contarle lo que acababa de suceder. “Papá va a creer que soy una mujerzuela”, dijo. La madre llamó a la policía de inmediato y presentó cargos por violación. Sin embargo, con base en el artículo 227-25 del código penal francés, el procurador fiscal declaró que “no hubo violencia, coerción, amenaza ni elemento sorpresa” y, por lo tanto, al hombre solo se le podía imputar una “ofensa sexual”, una falta que se castiga con cinco años de prisión, mientras que la violación se castiga con veinte años cuando la víctima es menor de 15 años.

El sexo nos acompaña desde que nacemos hasta que morimos. Es nuestro compañero de viaje. Si volviéramos a hacer el amor con una persona décadas después de la última vez, comprobaríamos que muchas cosas habrían cambiado: no sólo el cuerpo, sino la conducta, la respuesta biológica y la gestión de las emociones. En la vida (y en la cama) se empieza corriendo rápidas tandas de 100 metros, luego se acaban disputando.

En este contexto, muchas niñas y niños a edad temprana ya han interiorizado que es un “tema prohibido” del que es mejor no hablar. Suelen pasar más tiempo fuera de casa, tienen más autonomía y además la mayoría de sus juegos son con sus amistades. Pero si observamos su manera de relacionarse y sus juegos, muchos de ellos tienen que ver con el contacto y las relaciones afectivas: se buscan, se tocan, se acarician, se hacen parejas, se enamoran, se desenamoran.

A esta edad además, ya están viendo y escuchando muchas cosas en la televisión, en las películas, en las series, y puede que no todas las estén entendiendo.

Podemos empezar a hablar de “todo lo que vendrá”, adelantarnos a los cambios corporales que chicas y chicos vivirán en su piel. Podemos hablar de la menstruación, la eyaculación, la atracción sexual, el amor, la homosexualidad y todo lo que creamos que es importante y que nos gustaría que supieran a estas edades.

En la edad de la infancia con error se suele considerar este período como asexuado. Al contrario, la sexualidad tiene una gran importancia en esta fase y las etapas posteriores de la vida se nutrirán de ella. Andrés López de la Llave, director del máster en Sexología de la UNED, recuerda que, de entrada, la sexualidad no es la actividad sexual genital, sino una comunión finalizada al placer. Es algo más que la relación sexual propiamente dicha.

En los más pequeños, la sexualidad tiene que ver con la socialización y la comunicación. Así, incluso los bebés, a su manera, experimentan placer en chupar la leche, en un cambio de pañal o en sus deposiciones fisiológicas. Los pequeños desde edades tempranas quieren investigar las diferencias físicas entre los sexos. Les gusta mirar (voyeurismo) y mostrarse (exhibicionismo).

Comienzan los primeros inocentes juegos sexuales (el médico y la enfermera). Es común en este período que los niños lleven a cabo actividades autoexploratorias y autoestimulatorias pero, más que de autoerotismo, se trata más bien de curiosidad. “El sentirse niño o niña fortalece la identidad de género y para ellos es importante. Es sexualidad aunque no sea conducta erótica”, subraya María Pérez.

A partir de los siete años y hasta la pubertad los especialistas hablan de un período de latencia o de desinterés sexual. Es cuando aparecen las primeras prohibiciones concernientes a lo corporal, así que las conductas se hacen menos espontáneas y parecen más desapercibidas. “En la infancia los deseos no están claros y menos aún la posible orientación de éstos, y los significados son diferentes. La clave está en no ver con ojos de adultos lo que hacen los niños o niñas”, sostiene Miguel Ángel Cueto.

Menor de 13 años: Específicamente, se considera que hay abuso sexual (siempre y sin ninguna excepción) cuando la relación es con una niña o niño menor de 13 años (12 años o menos). Es decir, el autor no puede alegar en estos casos que la chica o chico haya consentido el acto sexual.

Menor de 16 años: El panorama cambia cuando la potencial víctima tiene 13, 14 o 15 años. En este caso puede darse la figura del abuso sexual por aprovechamiento de la inmadurez de la víctima, antes conocida como “estupro”.

Así, para que se configure este delito, se debe dar un requisito extra al de la edad (13, 14 y 15 años) de la chica o chico: el autor del hecho debe “aprovecharse de la inmadurez sexual de la víctima en razón de su mayoría de edad, su relación de preeminencia respecto de la víctima u otra circunstancia equivalente” (artículo 120 del Código Penal) .

16 años o mayor: A esta edad, los adolescentes ya poseen consentimiento sexual pleno. Sólo puede configurarse el delito por otras causas, ajenas a la edad.

Es decir, cuando la persona es obligada al acto sexual “mediante violencia, amenaza, abuso coactivo o intimidatorio de una relación de dependencia, de autoridad o de poder, o aprovechándose de que la víctima por cualquier causa no haya podido consentir libremente la acción”, establece el Código Penal (artículo 119).

Agencias

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